A
esta altura nadie duda que el Uruguay tiene cada vez más piedras en el camino,
no sólo para lograr un crecimiento económico sustentable, sino simplemente
para permanecer económicamente en los niveles donde está. Más bien lo que está
pasando es que retrocedemos.
Muchas
veces al analizar los problemas, los vemos simplemente como grandes piedras que
están en nuestro camino. Tratamos de aprender de qué están hechas esas
piedras y cómo deshacernos de ellas, si nos molestan. Pensamos que si
entendemos más sobre la naturaleza de las piedras, las podremos manejar mejor.
Así
nos preocupamos cíclicamente por piedras en el camino como la tasa de desempleo
creciente, los aumentos en los impuestos, la refinanciación de deudores
agropecuarios, la privatización de las empresas del estado o la conveniencia de
rescatar bancos en problemas.
No
cabe duda de que saber más sobre nuestras piedras en el camino ayuda a entender
mejor los problemas y a buscarles solución. Sin embargo, hay otra parte de la
historia que desestimamos, al proceder de esta manera y que tiene que ver con
las relaciones entre las piedras, nosotros y el propio camino.
No
deberíamos preocuparnos también por la relación entre la presión impositiva
sobre los sectores productivos y la pérdida de puestos de trabajo, por la
relación entre el tamaño del Estado y nuestras posibilidades de crecimiento
económico, por la relación entre el sistema financiero y los sectores
productivos.
Podemos
ver entonces nuestros problemas como piedras aisladas en el camino o como
piedras relacionadas entre sí. Por un lado, procuramos analizar el mundo de los
objetos y por otro el mundo de sus relaciones. Y a su vez, de ser posible
considerar todo ello en el contexto en que ocurre.
El
pensamiento sistémico nos habilita para ver el mundo de la mejor manera,
incluyendo los objetos que más nos interesan, pero considerando preferentemente
las relaciones que existen entre ellos. El agua, la tierra o lo que sea que está
entre las piedras en el camino.
Ninguna
organización, ningún grupo, ninguna persona es una isla. Todos formamos parte
de una realidad mucho mayor con la cual interactuamos y nos relacionamos. Es más,
la interacción entre las partes es la que genera la idea de sistemas, con la
que deberíamos intentar comprender mejor la realidad.
Esta
forma de pensar ampliada es una manera de identificar la naturaleza de la relación
entre los objetos que nos preocupan. Entre las piedras en el camino y nosotros
mismos. Es un medio para comprender mejor los acontecimientos pasados y a partir
de esa base, generar oportunidades para influir sobre el futuro.
Si
queremos abordar gran parte de los problemas nacionales que son piedras en el
camino de nuestro país, hay que apreciarlos en términos de su propia
naturaleza pero, más que nada, procurando comprender de la mejor manera, sus
relaciones relevantes en el contexto más amplio posible.
De
esta manera, seguramente nos daremos cuenta que muchos de esos problemas, como
ser las dificultades que tenemos para obtener divisas exportando de manera
competitiva, el peso de las organizaciones públicas en el presupuesto nacional
o la inestabilidad laboral en el sector privado, tienen estrechas relaciones.
Si
dejamos de ver la realidad nacional como compartimentos estancos, resistiremos
mejor la tentación de apuntar con el dedo acusador en una sola dirección,
superando la tendencia natural a culpar a los agentes que consideramos más
distantes, cualquiera que sean, los males que nos aquejan.
No
son los empresarios, no es el gobierno, no son los trabajadores, cada uno por su
lado, los que son salvadores o destructores del país. Es la estructura del
sistema productivo nacional y su particular interacción con el Estado, lo que
determina en gran medida los resultados, no el esfuerzo individual de cada
agente.
Aunque
los empresarios se esforzaran al extremo para ser más eficientes en la
fabricación de bienes, aunque las organizaciones del Estado cumplieran de la
mejor manera con su función reguladora o los gremios lograran satisfacer legítimamente
las demandas de los afiliados, esa sería solo parte de la tarea.
Cuando
nos referimos entonces a reformas estructurales, no debemos entender simplemente
que debemos mejorar la productividad en las fábricas, bajar el gasto público o
realizar los mejores convenios colectivos. Hay que cambiar sustancialmente las
relaciones entre empresarios, estado y trabajadores.
El
primer paso es poder apreciar las relaciones perversas entre los componentes.
Aquellas que son malas en su esencia. Las que comprometen la viabilidad del
sistema como un todo. Las que nos complican la vida, no importa cual sea nuestro
respectivo papel, en la realidad que nos preocupa
Cuestiones
perversas, son por ejemplo: que a los empresarios evasores les vaya mejor que a
los que cumplen, que el funcionario público no deba rendir cuentas de sus actos
o que el gremialista no represente los intereses de los empleados de su empresa.
El
segundo paso es ver las relaciones en términos de la mejora global del sistema,
desterrando la concepción de que para que una parte consolide una conquista
debe haber otra que acepte un renunciamiento. Esta es claramente una visión de
tipo gana-pierde, que no opera en beneficio del sistema como un todo.
No
puede tolerarse que el mayor esfuerzo contributivo del sector productivo esté
pensado casi exclusivamente para cubrir sueldos de la Administración Central o
que haya algunas actividades que tengan una protección empresaria o laboral a
ultranza, a costillas de otras que están en el mayor desamparo.
El
tercer paso es captar que los sistemas tienen propiedades adicionales que
trascienden a las partes que lo componen. Por lo tanto, no siempre se pueden
realizar mejoras sobre el sistema total, actuando solamente sobre uno o varias
de sus partes constitutivas.
Las
reformas deben apuntar en su conjunto y con adecuada sinergia; a incrementar la
productividad empresarial en su conjunto, a la eficacia de capacidad reguladora
del sector público y al desarrollo de mejores bases de negociación entre
patronos y obreros, mediante instrumentos pensados para el sistema como algo
indivisible.
Hoy,
ante una profunda crisis, nos estamos dando cuenta que no se le puede reclamar
determinación a un solo componente del sistema, sino a todos al mismo tiempo,
porque no corre peligro una parte individual del todo sino, en muchos casos, la
propia viabilidad del conjunto.
Al
pretender manejar sistemas complejos no podemos ni debemos hacer sólo una cosa,
hay que hacer muchas, de manera sincrónica y en todos los casos, tener claros
cuales son los efectos secundarios que se producirán, y sobre todo, los más
indeseados, porque serán también nuevas piedras en el camino.
No
hay que preocuparse por el entramado de solidaridades que hemos construido como
sello distintivo de nuestra sociedad, para atender a los más necesitados. Eso
ya lo tenemos. Será sí necesario, encontrar vías para romper el bloqueo en
nuestro parsimonioso estilo de pasar de los diagnósticos, a los cambios
necesarios.
No
será con paños tibios que lo lograremos. Los fundadores de nuestra
nacionalidad tenían coraje y determinación para enfrentar con audacia la
adversidad, quiero pensar que algo de ello hemos heredado. Hoy más que nunca,
en medio de una profunda crisis, realmente lo necesitamos.
Pensar
en las relaciones, con todo lo importante que pueda ser para analizar la
realidad, requiere de personas comprometidas que la transformen. Es que si vemos
a los sistemas sólo como capital, bienes y procesos no hemos aprendido nada. La
gente es la que hace la diferencia. No otros y desde lejos, sino nosotros y aquí.
Si
un día crecimos como país de derechos que debemos mantener, hoy es hora de
recordar nuestras obligaciones. Hay que actuar son sinergia no sólo para
detener el proceso de deterioro de nuestra economía, sino procurando pegar un
salto cualitativo en nuestras organizaciones, para mejorar la calidad de vida de
todos.
Los
uruguayos estamos en una situación privilegiada. Las crisis son oportunidades
para mejorar. Podemos ser realmente protagonistas se una refundación de nuestra
manera de entender los problemas estructurales que tenemos y sobre todo, en la
forma de buscarles soluciones integradoras, manteniendo el compromiso solidario.
Por
Carlos A. Petrella Ingeniero de Sistemas, MBA. Consultor en procesos de
transformación institucional
Carlos A. Petrella es Ingeniero en Computación
de la Universidad Mayor de laRepública (Uruguay) y tiene una maestría en
negocios y una maestría eneducación en la Universidad Católica de Montevideo.
Carlos Petrella un investigador con más de 20 años
de trayectoria encuestiones relacionadas con el cambio organizacional y con al
educación conamplios conocimientos de cultura organizacional y proyectos de
cambio.
Ha dictado múltiples Conferencias en Congresos y
Universidades, ha realizadopublicaciones en diversas revistas especializadas y
es autor de ocho libros sobre organizaciones, educación y arte.