PARTE
1
Presenciamos un debate que realmente no es tal. En muchos foros de
discusión parecería ser que la suerte ya estaba echada desde mucho antes. Están
aquellos que, ante el tema de las empresas del estado, sostendrán a ultranza
que deben permanecer en el estado. También existen otros que aprovechan cada
oportunidad para ponerlas en manos de agentes privados. Estas posturas dejan en
evidencia posiciones irreconciliables tomadas a priori.
Muchos agentes están visceralmente decididos por una determinada posición,
por los motivos que sean (legítimos o no legítimos, convenientes o
inconvenientes) y luego buscan los argumentos que mejor les sirvan para
fundamentar sus dichos y sus actos. Entrar en discusiones con estos supuestos,
es conspirar contra la transparencia con la que deberíamos tratar el tema del
futuro de las empresas del estado uruguayo.
Preguntas como: ¿qué empresas del estado realmente necesitamos?, o ¿cómo
podemos hacer para que funcionen mejor?, formarían parte de las interrogantes
que no vale la pena siquiera formularse. Y menos cometer la imprudencia de
tratar de contestarlas sin condicionamientos basados en posturas dogmáticas
definidas mucho antes y con fundamentos que realmente no se ponen sobre la mesa.
No habrá llegado la hora de cuestionarnos los beneficios y perjuicios
que nos genera a todos los uruguayos la administración del patrimonio que
heredamos para poder hacer un balance. Vale realmente preguntarnos sobre lo que
debemos conservar y lo que debemos cambiar en organizaciones como ANCAP, ANTEL,
BSE o AFE. Sin embargo, esas preguntas incomodan tanto y a tanta gente, que
prudentemente dejan de formularse.
En definitiva y aterrizando los ejemplos precedentes: ¿el país debe
tener una empresa que fabrique y comercialice bebidas alcohólicas? ¿Por qué
debo emplear obligatoriamente un servicio del Estado cuando quiero hablar por un
teléfono fijo? ¿Tengo que contratar seguros laborales fatalmente con el
estado? ¿Es necesario que el transporte de pasajeros por tren sea atendido
directamente por empresas estatales?
O bien y ya a modo de abierta queja: ¿por qué como ciudadano me obligan
a pagar los combustibles más caros de la región? ¿Con qué derecho alguien
decide que es justo que cada llamada por teléfono me cueste más de lo que vale
producirla? ¿Por qué no confían en mí y me dejan elegir los seguros que me
convienen? ¿Cuál es la razón por la que tengo que pagar por servicios
empresarios del estado que no uso?
Estas preguntas inoportunas e inconvenientes no están con la frecuencia
necesaria en la agenda pública de los grandes debates nacionales. ¿No será
que no le sirven a quienes sólo están pensando en cómo pueden mantener los
beneficios que hoy tienen y no comparten? Se fortalecen cada vez mas las
asociaciones de privilegiados para conservar esos beneficios, que si las miramos
con atención son política, económica y socialmente inaceptables. Por no
mencionar en términos más duros, que éticamente dejan bastante que desear.
¿Cómo podemos desbloquear esta situación en la que, por motivos tan
diversos, se generan acuerdos tácitos de no decir y de no hacer entre agentes
corporativos distintos? Surge naturalmente una pregunta clave para romper el
bloqueo: ¿Cuál es el camino más apropiado para que los uruguayos que no
formamos parte de la casta de los privilegiados, podamos analizar y resolver
sobre nuestras asignaturas pendientes con las empresas del estado? El compromiso
solidario, no ha llegado hasta ahora, más allá de las declaraciones.
Debemos movernos para recuperar lo que estamos perdiendo. Hay criterios
que pueden ayudar en la búsqueda de las mejores respuestas. Respuestas que
vayan a lo esencial para justificar la existencia de cualquier organización
construida por los hombres, para que sirva a los demás hombres. En esta línea
de pensamiento vayamos al encuentro de aquellos fines que justifican la
existencia de cada una de las empresas del estado.
Por supuesto que se pueden desempolvar los fines específicos asociados a
las cartas fundacionales de cada una de las empresas del estado. Por lo menos
aprenderíamos qué ideas tenían en sus cabezas quienes las crearon. Pero si
alzamos un poco las miras veremos que debería haber un fin superior que todos
los demás y que resulta a su vez, comprensivo de todos ellos.
PARTE
2
Ciertamente, no son poco importantes los fines que el legislador se
propuso al definir qué esperaba de cada una de las empresas del estado. Sin
embargo, hay un fin primordial que hace a la esencia de todas las organizaciones
públicas del estado, y que tiene que ver con mejorar la calidad de vida de
todos los uruguayos. Así de simple. Si una empresa estatal contribuye a mejorar
nuestra calidad de vida, entonces hay que cuidarla y si no lo hace, habrá que
pensar en transformarla o deshacerse de ella. Así de complicado.
Tenemos la obligación de usar el patrimonio acumulado en nuestras
empresas pensando en términos de calidad de vida. Debemos hacer las reformas en
las empresas del estado considerando como lograremos mejorar lo que hace y cómo
se hace para vivir mejor. Debemos también hacer nuestros planes considerando qué
cosas pueden ser hechas más eficientemente con otros medios para que todos los
uruguayos vivamos mejor.
La transformación de las empresas buscando revitalizar esa finalidad
primera es lo que deberíamos considerar preferentemente. Buscar cambios
estructurales que las pongan en condiciones de justificar realmente su propia
existencia. Esto es haciendo por todos los uruguayos mucho más que lo que
cualquier otra organización en su lugar pueda hacer, o por lo menos algo
similar que lo que podrían hacer los agentes privados, si tuvieran su
oportunidad.
Deshacerse de parte del patrimonio nacional es también una opción.
Nuestros bienes, aún aquellos mas queridos, están para servirnos a nosotros
mismos y no al revés. En tal caso, siempre deberíamos pensar que ese cambio
patrimonial agregue valor a la sociedad toda, procurando que lo que ahorraron
nuestros padres lo multipliquemos al entregarlo a nuestros hijos, aunque para
hacerlo debamos proceder a un cambio cualitativo en ese patrimonio.
No hay que sacarle el cuerpo a las preguntas que permitan valorar lo que
ya hemos hecho en los últimos años. ¿Eliminar por lo menos parcialmente, el
monopolio de los seguros mejoró nuestra calidad de vida o la empeoró? ¿Haber
abierto a la competencia los servicios de telefonía móvil nos perjudicó o nos
benefició? Allí los resultados evaluados profesionalmente pueden arrojar luz
sobre lo realizado.
De igual manera, tampoco hay que ponerle mala cara a las preguntas que
permitan valorar lo que deberíamos hacer. ¿Qué perdemos y qué ganamos al
profundizar en la asociación de las empresas del estado con empresas
extranjeras? ¿Fabricar combustibles exclusivamente en Uruguay en la órbita del
Estado manteniendo el monopolio mejora nuestra calidad de vida o la compromete?
El gran desafío consiste en transformar las ideas para mejorar en
acciones para estar mejor. La dificultad radica en que la cultura de defensa de
la calidad de vida cuenta con pocos líderes capaces de generar opciones reales
de cambio. Se habla mucho más de lo que realmente se hace en términos de
calidad de vida. La verdad permanece todavía convenientemente oculta para la
mayoría, porque se rozan intereses muy fuertes
Aún con un buen diagnóstico y un adecuado plan de acción, cambiar no
será sencillo.
La fuerza de los hechos genera condiciones que permiten
mantener organizaciones que hacen daño a la sociedad, mucho más allá de lo
aconsejable. Se consolidan centros de poder sectoriales, que marcando
fuertemente su presencia, bloquean cualquier cambio. Sin embargo, no podemos
mirar el problema como algo ante lo que nada debemos o podemos hacer.
Si cuando pretendemos cambiar radicalmente la forma poco eficiente de
trabajo en una empresa pública o derribar un monopolio que nos obliga a todos a
pagar de más por un servicio, las voces de protesta de los sectores afectados
directamente son las únicas que se hacen escuchar, entonces estaremos
condenados a perpetuar lo que nuestros padres construyeron, pero renegando de
nuestra obligación de entregarlo mejorado a nuestros hijos.
Afortunadamente, la presencia de una seria crisis estructural en la región,
nos está empujando a replantear lo que somos y lo que queremos ser como país
productivo. Contamos para nuestro bien, con una clara imagen de un futuro
posible obviamente no deseado, mirando lo que les está pasando a los hermanos
argentinos. El tiempo pasa rápidamente y los debates deben dar lugar cuanto
antes a las definiciones.
Esperar que las empresas del estado cubran nuestras expectativas de vivir
mejor con pequeños cambios, constituye un acto de voluntarismo que el devenir
de los hechos, en muy poco tiempo, procederá a sancionar.
Por
Carlos A. Petrella Ingeniero de Sistemas, MBA. Consultor en procesos de
transformación institucional
Carlos A. Petrella es Ingeniero en Computación
de la Universidad Mayor de laRepública (Uruguay) y tiene una maestría en
negocios y una maestría eneducación en la Universidad Católica de Montevideo.
Carlos Petrella un investigador con más de 20 años
de trayectoria encuestiones relacionadas con el cambio organizacional y con al
educación conamplios conocimientos de cultura organizacional y proyectos de
cambio.
Ha dictado múltiples Conferencias en Congresos y
Universidades, ha realizadopublicaciones en diversas revistas especializadas y
es autor de ocho libros sobre organizaciones, educación y arte.