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El pensamiento economico de Enrique Jose Varona
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Enviado por Prof. Manuel García Vásquez y Dr. Edel Luis Tussel Oropesa
Código ISPN de la Publicación: EkplAAVplVNTPgphUn
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| Resumen: Enrique Jose Varona fue un hombre de cultura enciclopedica, cuya obra descollo en muy diversas materias en nuestro pais. Aunque en sentido estricto no deba ser incluido como un especialista de la economia, sus ideas en este campo especifico cuentan con una trascendente significacion para... |
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INTRODUCCIÓN
Enrique José Varona fue un hombre de cultura enciclopédica, cuya obra descolló
en muy diversas materias en nuestro país. Aunque en sentido estricto no deba ser
incluido como un especialista de la economía, sus ideas en este campo específico
cuentan con una trascendente significación para la historia del pensamiento
cubano.
Un destacado historiador cubano, Jorge Ibarra, nos ha dicho en un artículo
relativamente reciente que sólo excepcionalmente los dirigentes independentistas
se refirieron a la crisis económica que sirvió de fuente generadora de las
condiciones objetivas indispensables para el estallido insurreccional de 1895.
Toma en calidad de exponentes representativos a José Martí, Bartolomé Masó y
Juan Gualberto Gómez. Nos llama la atención su confesión de que en todas las
Obras Completas de Martí sólo pudo encontrar una referencia a este asunto. Se
trata de una carta dirigida a Antonio Maceo, fechada el 7 de julio de 1894. (1)
DESARROLLO
Habiéndonos adentrado en alguna medida en el estudio de la obra de Varona, nos
preguntamos, ya desde el comienzo de nuestra lectura, si este podía estar
incluido en esa generalización. Más adelante nos encontramos con que lo había
citado en dos ocasiones, lo cual a nuestro juicio indica que lo había incluido
entre los dirigentes de aquel movimiento. Una de las citas data de septiembre de
1894, y en ella exponía que la caída de los precios del azúcar, unido a los
altos aranceles entonces vigentes, había tenido un impacto desastroso en la
situación de las masas trabajadoras “(...) cuya existencia era de las más
precarias”. (2)
En la segunda, de febrero de 1895, Varona aseveraba que la situación de Cuba
había llegado a un “(...) abismo sin fondo”. (3) De lo dicho por Varona infiere
Ibarra que a las masas trabajadoras no le quedaba otra alternativa que
incorporarse al movimiento insurreccional, ya próximo a estallar.
Esto no bastó para que el autor no excluyera de modo expreso a Varona de la
generalización con que había comenzado su artículo. En resumen, no destaca su
excepcionalidad en sentido contrario. Más, estimamos que constituyó una
excepción puesto, que en general atendió probablemente como ningún otro cubano
de su época, al papel fundamental que desempeña el factor económico en el
conjunto de la vida social.
En 1896, en un ensayo consagrado a explicar las causas del fracaso colonial de
España en América, observó que empezando por los factores primarios, que son los
económicos y acabando por los políticos, que son su expresión suprema, todo aquí
parecía tocado de vértigo o revelaba la existencia de un virus que aniquila y
mata. Apreció entonces que las revoluciones hispanoamericanas habían sido
exclusivamente políticas, dirigidas por una parte de la población -la
privilegiada, desde luego- dejando intacto el mismo régimen económico-social
establecido durante la colonia. Con el logro de la independencia, en este
aspecto sólo se había producido un cambio de nombres, en los cuales encarnaba el
mismo espíritu español, impregnado durante tres siglos de dominación colonial.
Esto constituye el sentido básico de su expresión posterior, según la cual toda
revolución política se esteriliza como no abra el camino a una revolución
social. (4)
De modo, pues, que después de obtenida la independencia, en nuestras hermanas
continentales subsistían las mismas iniquidades que habían conducido a la
rebelión. Por ejemplo, los indios podían ser vendidos junto con las tierras que
ocupaban. No hubo en ellas oídos receptivos que se hicieran eco de los clamores
por una mayor cuota de justicia social; lo cual era indispensable para la
estabilidad política y el desarrollo pacífico y continuado de aquellas naciones.
A esto atribuyó las convulsiones políticas que tuvieron lugar en ellas. Entre
otros, pone el ejemplo de México, con sus diez cambios de forma de gobierno y
sus trescientas rebeliones militares en cincuenta años. (5)
No era ese el horizonte que vislumbraba y en el que deseaba ver proyectado el
futuro de Cuba. Abolida la esclavitud en 1886, todo su pueblo mostraba una mayor
unidad, incorporándose activa y resueltamente al proceso insurreccional.
Creyó posible nuclear a toda nuestro pueblo en torno a un ideal patriótico
común, subordinando los intereses particulares de las distintas clases y
sectores sociales, de modo fueran posibles, después del triunfo,
transformaciones profundas en la vida económica y social del país.
No es difícil descubrir la importancia que le atribuía al factor económico en el
proyecto de liberación nacional. Creía que sólo si se acometían transformaciones
económicas tendría sentido afrontar los horrores transitorios que traía
aparejada la guerra, que desde la dirección de Patria entonces animaba. Aspiraba
a que, alcanzada la victoria, se hiciera posible el desarrollo estable y
continuado del país, como medio para garantizar la independencia de la nación en
el futuro.
Le había correspondido la justificación moral y política de esa guerra de
liberación ante la conciencia latinoamericana y mundial. A ello se debió el
formidable manifiesto titulado Cuba contra España, escrito en nombre del Partido
Revolucionario Cubano y por encargo de los constituyentes de Jimaguayú.
En un documento de naturaleza política, no podía dejar de atender a las causas
que en ese orden tenía la guerra. En lo referente a este aspecto sólo
apuntaremos un determinado momento de su exposición: En Cuba, con 1, 600,000
habitantes, sólo el 3% de la población tenía derecho al voto. Como ejemplo pone
Varona el caso de Guines, con una población de unos 13,000 habitantes, contando
entre ellos a 580 españoles peninsulares y canarios. Pues bien, por los rejuegos
puestos en práctica por el gobierno colonial, sólo 32 entre la población cubana
(025%) tenían derecho al voto, mientras lo poseían 400 españoles. (80%).
Considerando la guerra”una triste necesidad”, mostraba que era esta ineludible,
basándose también en causas de orden económico. En su exposición hacía notar
cómo España no había atendido sino a explotar más a Cuba, sin reparar en el modo
a recurrir para que esto se hiciese. Lo hacía mediante los regímenes fiscal,
mercantil y burocrático que había implantado en su expoliada colonia.
Resumiendo, en lo referente al régimen fiscal, expone que por los gastos
incurridos durante la guerra del 68, cargados al Tesoro de Cuba; por una deuda
contraída con los EE.UU.; por los gastos ocasionados por la ocupación de Santo
Domingo; por la invasión de México, junto a Francia e Inglaterra y por lo que
denominó “la algarada contra Perú” (6), estimaba que la deuda cargada a nombre
de nuestro país se calculaba en unos $295, 707,264. Una deuda enorme, que
superaba a todos los demás pueblos del planeta por habitante. En apoyo de su
afirmación, nos dice que el francés, el pueblo más recargado por este concepto,
debía pagar $6,30 por este concepto, mientras que cada cubano debía abonar la
cantidad de $9,79.
Haciendo las conversiones pertinentes, hizo notar que el español peninsular
debía pagar al fisco 42,96 pesetas; mientras que en el caso de un cubano esa
cifra se elevaba a 86,15 pesetas, lo que representaba más del doble de las
erogaciones de aquel.
En lo concerniente al régimen mercantil, anota que España no había tenido en
Cuba una verdadera política colonial, sino que se había limitado a expoliar al
país, ejerciendo su poder por medio de la violencia. Nuestra Metrópoli, lejos de
proteger nuestra industria azucarera contra la competencia del extranjero,
fomentaba y pagaba primas a los productores de su propio territorio y aún
imponía un impuesto de $6,20 por la entrada de cada 100 kilos de azúcar a su
territorio. De tal modo, cada arroba de este producto aparecía recargada en un
143% para su entrada en Barcelona. Esto, sin contar que el productor cubano
estaba obligado a pagar fuertes contribuciones por la entrada de la maquinaria
indispensable para el funcionamiento de la industria en su país, así como para
la utilización del ferrocarril, entre otras imposiciones onerosas.
Pero también obligaba, mediante el monopolio comercial, a comprar los productos
de su procedencia bien caros, para lo cual se valía de la imposición de altos
impuestos a la entrada a nuestro país de los extranjeros, los que se elevaban al
2,000 y el 2,300%. Pone como ejemplo el algodón estampado. Los 100 kilos de este
producto, si español, debían pagar en la aduana $2,66; extranjeros, $47,26. Los
100 kilos de casimir de lana, si español, debían pagar $15,74; extranjeros,
$300. (7). Son sólo cifras entresacadas de las numerosas con que ilustra Varona
la necesidad de la ruptura violenta de aquella situación, ya agotadas las otras
posibilidades de ser mejorada.
En cuanto al régimen burocrático, comienza a exponer la explotación a que estaba
sujeta Cuba a partir de los altísimos sueldos devengados por los funcionarios
del régimen colonial, empezando por el Capitán General, con sus $50,000 anuales,
sin contar todos los demás gastos a que estaba autorizado para cumplimentar sus
numerosas prerrogativas. Destaca la corrupción reinante en el aparato
burocrático colonial, siempre impune, a costa del tesoro público. Cita el
ejemplo expuesto por un general español, Pando, quien había combatido a las
fuerzas insurrectas en los campos de Cuba y sin embargo admitió que con motivo
de los libramientos que expedía la Junta de la Deuda, se habían robado $12,
000,000. También lo expuesto por el diputado Dolz, quien había afirmado en un
discurso en el mismo Ateneo de Madrid, que los robos de la aduana habían
sobrepasado los $200, 000,00 desde la última guerra. (8)
Estos ejemplos bastan, a nuestro juicio, para mostrar por qué en otra ocasión
pudo decir que los combustibles para el incendio ya estaban acumulados y que
sólo faltaba la chispa que los pusiera en ignición (9); una chispa con la que se
incendiaron aquellos materiales el 24 de febrero de 1895.
Por razones económicas pronosticó también el carácter inevitable de la derrota
española. En uno de sus artículos, explicaba que estando Cuba en guerra y, por
ende, “(...) paralizada la función industrial, la primordial en los organismos
sociales”, no podría solventar los gastos generados por el curso de la misma,
mientras España, dado los gastos en que debía incurrir para sufragarla, tampoco
estaba en condiciones de hacerlo. Entonces intentó estimular la previsión
española, advirtiéndole a nuestra Metrópoli que sólo podría aspirar a prolongar
el conflicto, sin posibilidades reales de victoria y a costa de su propia ruina:
“¡Cuánto más humano para ella misma sería reconocer lo inevitable y dejar a Cuba
entregada en paz y abrirse paso a un mejor porvenir¡”. (10)
Creemos suficiente lo apuntado para ilustrar la importancia fundamentental que
Varona atribuyó a los factores económicos en la creación de las condiciones
objetivas indispensables para el proceso nacional liberador, reiniciado en 1895.
Más, también tuvo en cuenta la importancia de ese factor en las relaciones Cuba-EE.UU.
En 1896, en uno de sus artículos acotó: “Cuba forma parte del sistema económico
de los EE.UU. y del sistema político de España”. (11). En su apreciación, en la
complejidad de esa situación ponía de manifiesto la gravedad de la misma, puesto
que había llegado a su momento álgido en esos precisos momentos. Esa situación
comportaba el peligro indudable de una posible intervención norteña en el
conflicto cubano-español.
En virtud de esto tomó nota de la pugna existente entre el Ejecutivo –que
pretendía tener manos libres en la cuestión relativa a Cuba- y el Congreso –que
de algún modo se hacía eco de las simpatías del pueblo estadounidense hacia la
causa de la liberación del nuestro. Pronosticó entonces que el Ejecutivo
terminaría por imponer sus miras egoístas particulares y aconsejó qué hacer si
llegara el momento de la intervención de la Unión Federal en nuestro conflicto
con España: mantener la fuerza efectiva del Ejército mambí, considerando que
mientras existiese un ejército de cuarenta o cincuenta mil soldados sobre las
armas dispuesto a la lucha en nuestros campos, los EE.UU. estarían obligados a
tener en cuenta ese factor importantísimo, entre otras razones para proteger su
imagen y sus relaciones con Hispanoamérica, la cual era objeto de su interés
para su expansión económica futura. (12)
Un año más tarde, en 1897, ofreció una conferencia titulada La política cubana
de EE.UU. en la que expuso pormenorizadamente, la política seguida por aquellos
desde tiempos atrás. Expone que apenas llegados a la boca del Mississippi,
nuestro país adquirió singular importancia en la política del mundo y nuestra
historia se modificó profundamente. Desde ese momento Cuba se había convertido
en una obsesión para los estadistas estadounidenses, como antes lo había sido
New Orleans, como después lo fueron Texas y Oregón. (13)
Se refiere a las tempranas pretensiones de Jefferson, a quien consideraba entre
los más moderados, para el que Cuba representaba “(...) la adquisición más
importante que pudiera hacerse nunca a nuestro sistema de Estados”. (14) Años
más tarde, ya consumada la intervención, Leonard Wood, quien sustituyó a John
Brooke como Gobernador durante la ocupación militar estadounidense de nuestro
país, formuló una idea semejante, imbuido por el mismo espíritu anexionista.
Creyó oportuno referirse en esta conferencia a la Doctrina Monroe, con la que,
según estimó, los EE.UU. hicieron sentir por primera vez su peso de manera
decisiva en la balanza de las relaciones internacionales. Hace mención a la
“neutralidad” proclamada cuando estalló el movimiento nacional liberador en la
América continental española; pero tal neutralidad, no fue rigurosamente
observada, como lo demuestra el apoyo recibido por la expedición organizada por
Miranda. En la apreciación de Varona, esto se debía a que desde que “(...) se
inició la lucha entre las colonias y España, los estadistas de la Federación
vieron claramente la ilimitada esfera de influencia que su emancipación
prometía”. (15)
En el caso de Cuba, por el contrario, la posición de ese Estado había sido muy
distinta. De hecho, optó por servir de garantes de la soberanía española sobre
la isla. No precisamente porque aspirasen a la permanencia definitiva de Cuba
como colonia española, sino porque la querían para sí y temían a Inglaterra y
Francia, más que a España, para intentar otra cosa por el momento. De tal modo
denotaban su preferencia porque nuestro país permaneciera en las manos más
débiles, de las cuales sería más fácil arrebatarlo, una vez llegado el momento y
la situación oportunos.
Mientras, formularon la política de la espera paciente o de la fruta madura, con
el propósito de lograr finalmente sus objetivos. En esa conferencia hace mención
del proyecto bolivariano de liberar a Cuba. Pero toma nota de que el plan de
Bolívar contemplaba la abolición de la esclavitud y de que esto suscitó la
oposición de los Estados del Sur, mayoritarios en el Congreso, en virtud de lo
cual la Unión llegó a amenazar hasta con el uso de la fuerza, dando como
resultado la frustración del proyecto bolivariano. Desde entonces, infiere
Varona, España supo que mantener la esclavitud africana era la mejor garantía
para mantener su infame soberanía sobre Cuba, mientras que, por su parte, los
patriotas cubanos habían aprendido su lección: “Los árbitros de la suerte de su
patria no estaban en Madrid, sino en Washington”. (16) Al finalizar su
conferencia destaca que “(...) para los hombres de gobierno de los EE.UU. la
suerte de Cuba es de vital importancia, casi tanto como la de cualquier Estado
de la Unión”, (17) razón en la que se funda para afirmar que Cleveland, entonces
Presidente de los EE.UU., lo único que quería sacar a salvo era el derecho de su
país a intervenir en el conflicto que sostenían Cuba heroica y España furiosa.
Todo lo cual muestra que no les fueron desconocidos los móviles de la
intervención norteña que veía venir, ni los reales peligros que esta entrañaba
para el destino de nuestro país. De ahí que no podamos compartir la apreciación
de Carlos Rafael Rodríguez -una personalidad de reconocida sagacidad intelectual
y de indiscutible prestigio político, en la cual afirmó que Varona no se percató
tan tempranamente como Martí y Maceo de los peligros que entrañaba la acción
concreta del imperialismo para nuestro pueblo.
El análisis de este asunto no resulta fácil; pero, a nuestro juicio, lo que
desconcierta a Carlos Rafael es que Varona, una vez en marcha la primera
intervención estadounidense en nuestro suelo, decidió participar en el Gabinete
del Gobierno Interventor bajo la ocupación militar extranjera. Vale la
aclaración, sin embargo, que en la apreciación de Carlos Rafael, Varona fue un
hombre al que de veras le dolía Cuba y que en modo alguno lo situó entre los
servidores interesados de los usurpadores. Por el contrario, si bien no aprueba
su conducta, reconoce que su gestión ministerial estaba encaminada a proteger
nuestra economía indefensa y nuestra nacionalidad precaria. Al parecer, su
reproche fundamental radica en el hecho de no haber adoptado una posición
intransigente, como la que caracterizó a Salvador Cisneros Betancourt y a Juan
Gualberto Gómez.
Al analizar estos hechos no podemos pasar por alto que la intervención se había
producido en nombre de la Resolución Conjunta, en unos términos que no eran los
preferidos por el Ejecutivo de aquella nación. Es de pensar que Varona no haya
tenido en su vida mejor oportunidad de sentir satisfacción por una equivocación
en uno de sus pronósticos, como aquel en que había creído más probable que el
Ejecutivo saliera triunfante y terminaría por imponer sus miras expansivas en el
Congreso en la cuestión relativa a Cuba. Este último, canalizando las simpatías
del pueblo norteño, había impuesto al Ejecutivo, los términos de aquel
documento, en nombre del cual se había producido la intervención.
En él se reconocía que Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente, así
como que el Gobierno del país interventor se comprometía, una vez pacificada la
Isla, a dejar la constitución del gobierno a su propio pueblo. A lo más que
habían podido llegar las fuerzas encubiertas partidarias de la expansión,
representadas por el Ejecutivo, fue a evitar el reconocimiento del Gobierno de
la República en Armas como legítimo representante del pueblo cubano. Lo
estipulado en esta Resolución, desde luego, no representaba poco. Pero, por lo
pronto, dicha Resolución ponía límites a las fuerzas expansionistas del naciente
imperio, al menos para un futuro inmediato.
Existe otro hecho que contribuye a explicar la actitud adoptada por Varona: el
Gobierno de la República en Armas, el que tal vez imprevisoramente, sin haber
obtenido el reconocimiento oficial como representante legítimo del pueblo cubano
ordenó la colaboración del Ejército mambí con las fuerzas interventoras, se
sintió con derecho a solicitar y obtener del Gobierno que las representaba tras
la ocupación militar, la participación de independentistas cubanos en las
instancias de dirección municipal, provincial y nacional del país.
Dicho Gobierno había accedido, obedeciendo a su propio interés de lograr la
pacificación y la estabilidad del país. En el Gobierno que representaba a las
fuerzas independentistas obraba el interés de cerrar las puertas de entrada a
esos puestos de sectores capaces de fungir como aliados incondicionales de los
usurpadores y que de un modo u otro pudieran constituir un obstáculo adicional
para el nacimiento de Cuba como Estado independiente.
Hubo otro elemento que Varona se encargó de aclarar posteriormente: Nuestro país
arribaba al momento de obtener su independencia en condiciones muy distintas a
como esto había sucedido en las Repúblicas americanas de nuestra misma cepa.
Entonces los EE.UU. se ocupaban preferentemente de sus asuntos internos y apenas
proclamaban su papel preponderante en el Nuevo Mundo. A fines de ese siglo ya la
situación era muy distinta. En aquel país se gestaba su fase imperialista, unido
a cambios muy sustanciales en su política exterior.
Estaba a la vista, en virtud de ese mismo hecho, un proceso de reparto
territorial del mundo, en el cual participaba junto a las principales potencias
europeas, con las cuales, a su decir, realizaba la función de policías
internacionales, reservándosele buena parte de América como su zona de
influencia. (18). En buena medida esto debió significar el fin de la pugna con
Inglaterra y Francia por el dominio de Cuba, de lo cual resultaba que si nuestro
país fuese anexado por la potencia americana, Europa reconocería plenamente el
hecho.
Previó entonces que los EE.UU. no se retirarían de Cuba sin ninguna recompensa,
máxime si contaba con el visto bueno de Europa y era la única potencia americana
que, en verdad, contaba en el mundo. Por eso, cuando llegó el momento, se sintió
obligado a transigir con la imposición de la Enmienda Platt. Estimaba que
nuestro país, exhausto después de tres años de guerra y de la Reconcentración de
Weyler, no debía ser lanzado a una confrontación directa con la potencia
ocupante. En aquellas condiciones esto podría representar un suicidio y la
desaparición de nuestro pueblo. Aceptó la imposición de la Enmienda Platt, no
como un bien deseable, sino como un mal inevitable y, en fin, entendiendo que
constituía el menor de los males posibles.
Aquí resulta oportuno aclarar que no había logrado una clara distinción entre la
modalidad moderna y clásica del imperialismo. Entendió que sólo era posible
esperar un intento de anexión directa, pues la experiencia histórica hasta el
momento no indicaba lo contrario. Temía sobre todo a la presencia de un ejército
de ocupación en nuestro suelo, bajo la amenaza expresa de no ser retirado sin
compensación alguna. Esto le aconsejó transigir en asuntos de no poca monta.
Prefirió atenerse a lo que la ominosa Enmienda como sustitutivo de la anexión
dejaba en pie de la Resolución Conjunta y procurar la más pronta retirada de ese
Ejército de ocupación, por las razones ya apuntadas.
Esto no equivale, necesariamente, a justificar esa actitud a toda costa. No
obstante, creemos posible afirmar que, si bien difiriendo de los patriotas más
intransigentes, tanto en los medios a emplear, como en los plazos
indiscutiblemente más prolongados para lograr sus objetivos, estos no diferían
esencialmente de los que se planteaban aquellos. Para nosotros es indudable que
Varona fue un patriota que anhelaba la plena independencia de su patria.
No dejó de obrar en esa dirección desde el Gabinete del Gobierno Interventor
como Secretario de Hacienda y, sobre todo, como Secretario de Instrucción
Pública. Al frente de esta última Secretaría promulgó la Reforma de la
Enseñanza, cuyos objetivos, al parecer, no son plenamente por todos conocidos.
Varona creó las carreras idóneas, en la medida que le fue posible, desde el
punto de vista de formar los especialistas indispensables para emprender un
moderno desarrollo económico del país en su tiempo, que pudiera ser
independiente.
Creó las carreras indispensables para el logro de ese fin y concibió que la
enseñanza debía dejar de ser memorística y retórica, para ser práctica y
experimental. Esta Reforma constituyó un antecedente de la preconizada en la
ciudad argentina de Córdova, la cual desató un movimiento que llegó a Cuba en
1923, calorizada por Julio Antonio Mella. Según Raúl Roa, no fue casual que en
el acto inaugural Mella se hiciese acompañar por el ya viejo Maestro,
dirigiéndole palabras de reconocimiento y respeto. En líneas generales era la
misma que este había intentado en Cuba antes de nacer como República formalmente
independiente. (19)
Algunos han considerado que la fuente principal de aquella Reforma estuvo
constituida por la filosofía positivista, supuestamente abrazada
incondicionalmente por el autor de la misma. Más, en realidad estuvo atemperada
a las necesidades materiales más perentorias del país, y a la vez, inspirada en
los más altos principios éticos y patrióticos. Carlos Rafael Rodríguez y Raúl
Roa (20) concuerdan en que Varona se atuvo a estas realidades, para cuya
transformación era indispensable, no la única y simple instrucción como
instrumento para el dominio de la naturaleza, sino también para la formación de
nuestros estudiantes en el amor al país y en la defensa de sus intereses,
concebido esto como la cuota individual que los pueblos debían tributar al
mejoramiento de la humanidad. En medio de una ocupación militar extranjera,
perseguía, según expresó, la legítima defensa del grupo étnico cubano,
fortaleciendo su sentimiento de identidad nacional, puesto que lo veía entonces
en peligro. (21)
En realidad, esta Reforma era consustancial al plan de acción que desde
septiembre de 1898 había esbozado; esto es, fundar en la independencia económica
de la nación su plena independencia política, para lo cual resultaba
indispensable el fortalecimiento del sentimiento de identidad nacional de
nuestro pueblo. De ese modo, aspiraba a dejar saldadas las cuentas que la
Enmienda Platt había dejado pendientes.
Era su consideración que esta Enmienda dejaba cierta libertad para el manejo de
nuestros asuntos internos, la cual debía ser aprovechada para recuperar la
riqueza que ya había caído en manos extrañas y evitar, que esto continuara
sucediendo en el futuro. Se había propuesto, además, eliminar la deformación
estructural de nuestra economía (la monoproducción azucarera, el latifundio, la
dependencia del mercado exterior y de un solo mercado), así como el fomento de
la ciencia y la cultura. Poca política y mucho trabajo, mucha cultura y mucha
ciencia era el programa que, en síntesis, proponía para el futuro inmediato del
país. (22). Para ello estimaba indispensable la tolerancia y la concordia entre
los cubanos, como medio para mantener la paz interior y hacer factible la
realización de sus propósitos en el menor plazo posible.
En lo referente a la deformación estructural de nuestra economía se ha de tener
presente que desde 1885, interviniendo en la pugna sostenida entre quienes
preconizaban, ante todo el monocultivo y la monoproducción y, en fin, el
desarrollo de la producción azucarera, y los que sostenían la diversificación
productiva, se pronunció resueltamente por esta última opción.
Su aspiración era la creación de un fuerte mercado interior, que disminuyera la
dependencia del mercado externo, que ya para esa fecha era preponderantemente el
norteamericano. Se había percatado de que la dependencia económica del país
respecto a un solo producto y de un solo mercado, de los cuales dependieran
todos nuestros insumos, tanto personales como productivos, ponía al país a
expensas de las oscilaciones de uno y otro, asegurándole un destino que no podía
ser sino incierto y precario. Pedro Pablo Rodríguez consideró que estas
posiciones iniciales habrían de conducirlo a un enfrentamiento al imperialismo y
sus aliados nacionales, ya en la etapa neocolonial de nuestra República. (23)
Puesto que tratamos de las ideas económicas de Varona, no es posible obviar su
estudio sobre el imperialismo, dado a conocer en su conferencia titulada El
imperialismo a la luz de Sociología, dictada en marzo de 1905. De paso, tenemos
a bien apuntar que según el autor antes mencionado, fue Varona el primero entre
los cubanos que se dedicó a la aprehensión teórica de este fenómeno como
fenómeno histórico universal y no sólo teniendo en cuenta meras contingencias
antillanas. (24)
No se nos oculta que en el enfoque sobre el imperialismo se valió, en buena
medida, de la teoría orgánica de la sociedad, la que tuvo en el filósofo
positivista inglés Herbert Spencer a uno de sus más altos y representativos
exponentes. Había sido creada bajo la influencia de las ciencias biológicas,
estableciendo una cierta similitud entre la sociedad y los seres vivos.
Considerando a la sociedad como un organismo, le atribuía determinados órganos
relacionados entre sí, cumpliendo funciones específicas dentro de un sistema
íntegro. A este, en su conjunto, le era inherente entre otros atributos, la
tendencia hacia una mayor complejidad, así como el paso de lo homogéneo e
indefinido a lo heterogéneo y definido, en la misma medida en que ocurriera el
crecimiento y la expansión de una sociedad dada.
Según apreciaba Varona “(...) en el crecimiento de un grupo humano, no vemos
leyes distintas a las que presiden el desarrollo de un organismo individual; lo
que cambia es la esfera de acción, más amplia, y los resultados infinitamente
superiores”. (25)
Baste lo anterior para indicar su adhesión, al menos parcial, a la mencionada
teoría. En virtud de ella explica la tendencia hacia el crecimiento de un
determinado grupo humano, así como a lograr su expansión ocupando un mayor
espacio territorial. Pero en su explicación del fenómeno imperialista, considera
que una vez lograda la integración de las unidades dispersas, ahora congregadas,
formando una gran unidad política, tiende a crecer por la asimilación de nuevos
elementos. Así es como llega a definir el imperialismo como un fenómeno viejo al
que se le daba un nombre nuevo, en fin, como “(...) la forma de integración o
crecimiento de un grupo humano cuando llega a tener la forma de dominación
política sobre grupos diversos de distinto origen, próximos o distantes del
grupo principal”. (26).
Aquí es posible observar claramente que se refería al imperialismo en su
modalidad clásica, para la cual es característica la dominación política directa
de otros pueblos de distinto origen. En realidad, hasta ese momento y mucho más
adelante no pudo hacer una distinción precisa entre el imperialismo clásico y el
moderno y, en consecuencia, entre el colonialismo a que tendía aquel y el
neocolonialismo característico de este. Ya hemos apuntado que esto tuvo un
indiscutible eco en sus posiciones políticas concretas en medio de la primera
intervención estadounidense. En consonancia con sus ideas, temió sobre todo a la
anexión política directa, según ya hemos apuntado.
Oponiéndose al error, que estimaba común, de intentar la explicación de los
fenómenos por lo que nos viene del pasado cuando, según él, sucede lo contrario,
pues el pasado debe ser explicado por la luz que sobre él proyectan las
tendencias que lo han conducido hasta el presente, no toma a Roma, sino a
Inglaterra como modelo para sus explicaciones. Roma estaba muy alejada en el
tiempo y en espacio; A Inglaterra la teníamos ahí, en el presente, y casi al
alcance de la mano.
Además de constituir unidad política, para que una sociedad entre en su fase
imperialista, son indispensables tres condiciones: Crecimiento, aumento y
reconcentración de la población; un desarrollo económico que permita la
acumulación de capitales y su empleo en las empresas de colonización. Por
último, una gran cultura superior mental.
En la cuestión relativa a la población, observaba que Inglaterra contaba
entonces con unos 42 millones de habitantes; pero con la particularidad de que
en números redondos entre el 60 y el 77% de la población estaba concentrada en
las ciudades, unas 85 en total si se consideraban las de Irlanda, de las cuales
76 eran propiamente inglesas. De ahí lo que consideraba la primera condición
para la expansión imperialista de un país: población numerosa y concentrada.
En lo referente al desarrollo económico, hacía notar que la tierra de la
Revolución Industrial se había convertido en el taller de mundo, pagando con
productos fabriles sus insumos de materias primas y de productos agrícolas. Por
eso había sobrepasado el período industrial, situándose ya en el comercial.
Ninguna otra nación podía contar con la enorme plétora de capitales circulantes
con que contaba Inglaterra. Sobre esa base, apuntó: “¿Quién ignora que es
Inglaterra el gran mercado de dinero del mundo, la reguladora de todas las
transacciones comerciales? (27)
A pesar de las condiciones que Inglaterra presentaba, ya Europa se había cerrado
al influjo exclusivo de su fuerza económica, razón por la que se le hacía
necesaria la búsqueda de otros puntos del planeta que constituyesen una línea de
menor resistencia para la introducción de sus capitales. De tal modo, la
expansión de este país hacia otros territorios obedece a causas “(...) de orden
profundamente social, porque son de orden económico”. (28) En fin “(...) ha sido
necesario buscar desaguadero a su inmensa producción, buscar dónde emplear un
capital ocioso, procurar que los múltiples productos de su industria
metalúrgica... no se estancaran sin salida”. (29) Los países tropicales le
ofrecían esa posibilidad, ilustrando Varona su afirmación con cifras tan
reveladoras como estas: en el período de sólo dieciséis años Inglaterra había
extendido su dominio a 3, 711,000 millas cuadradas, para elevar a un total de
11, 700,000 todo su imperio: unas tres veces largas la superficie de toda
Europa, con una población casi equivalente a la de todo este continente en su
conjunto. (30)
Para la realización de esa ingente misión colonial, se había hecho indispensable
la puesta en acción una cultura mental superior de aquel pueblo. No se le escapó
a Varona el cambio que esta situación había provocado en la mentalidad inglesa,
sobre todo en quienes fungían como agentes protagónicos de la acción
imperialista llevada a cabo por aquel país. Había observado que “(...) nada es
más interesante de notar que la facilidad con que los hombres disciernen teorías
que vengan a darle forma de imperativo mental a las necesidades de la práctica”.
(31) De tal modo, en la tierra del librecambio se tendía ahora a un mal
disfrazado proteccionismo y, según dijo, allí donde se había producido lo que
Lecky había llamado “una de las tres o cuatro acciones completamente morales en
el transcurso de la historia” –la campaña abolicionista- era ahora el escenario
desde donde se proclamaba el trabajo obligatorio en sus colonias africanas.
Pero no redujo las fuentes del hecho sólo a quienes tenían en sus manos más
directamente responsabilidad mayor en el plano exclusivamente económico y
político. Incluyó dentro del conjunto de la acción imperialista, a quienes de
algún modo eran exponentes, conscientes o no, de una cierta penetración cultural
que justificara esa acción colonizadora, teniendo en cuenta a sabios como Darwin
o a novelistas como Rudyard Kipling. De ahí su afirmación de que “(...) a la par
que van sus ejércitos y sus comerciantes extendiendo su imperio, el pueblo de la
metrópoli encuentra en sus sabios, en sus filósofos, en sus literatos, en sus
políticos, a los amantadores de las ideas que han de poner sus ideas y su
actividad en correspondencia con sus necesidades y sus aspiraciones”. (32)
Lo que apunta Varona sobre Inglaterra tiene como fin advertir a los cubanos
sobre los peligros que se nos vienen encima, no ya provenientes de esta, sino de
los emergentes EE.UU. Estos, después de la expansión territorial a costa de la
población autóctona, de México y España y hasta de la Francia de Napoleón,
anidaban en su seno fuerzas que apuntaban hacia la expansión territorial más
allá de su territorio continental. Una expansión que había adoptado nuevas
formas y que en cierto modo se ha detenido “(...) porque no tiene el aspecto de
la dominación política”, (33) - directa vale aclarar.
Al parecer, tiene en cuenta el caso de Cuba, en el que los EE. UU., se han
limitado a la imposición de la Enmienda Platt como sustitutivo de la anexión
política directa.. Precisamente a eso se debe que haya podido decir, en este
mismo trabajo, que la intervención había tenido para Cuba una forma muy
favorable. No existen razones que resulten válidas, dado el contexto en que
aparece esta frase, para dudar sobre cuál es el sentido general de este trabajo
e insinuar que Varona aceptó complacido la intervención estadounidense en Cuba
como si hubiera sido un simple aliado del imperialismo.
Más adelante nos dice que no se podía dejar de ver “(...) teniendo en cuenta el
desenvolvimiento actual de la Doctrina Monroe, que los EE..UU. han trazado una
inmensa zona de influencia en torno suyo, en que están comprendidos todos los
países tropicales de América”. (34) Entre ellos, naturalmente, estaba Cuba. Lo
peor es “(...) que Europa reconoce plenamente el hecho”. (35). Esto que escribe
en 1905, de algún modo estuvo presente en su carta al Sr. General Ramos, escrita
en 1900, mediante la cual no acepta participar en la Asamblea Constituyente.
Para Varona, el hecho fundamental es que si bien el neo-imperialismo
estadounidense no había tenido todas las características del imperialismo inglés
“(...) para los vecinos de la Unión Americana tiene importancia extrema conocer
el fenómeno y darse cuenta de su magnitud”. (36) Para Cuba, en particular, era
de importancia vital.
Estimaba que el éxito posible en un enfrentamiento a ese peligro dependía, en
muy buena parte, de los propios cubanos, dado que “(...) los pueblos que tienen
conciencia de su valor moral están obligados a hacer frente a todos los peligros
que provengan, lo mismo de la acción desencadenada de los elementos, que de la
misteriosa trama de las leyes sociales" (37) Por eso afirmó que son los pueblos
mismos los que labran su propio destino, orientando al nuestro hacia su
independencia.
Para hacer frente a los peligros provenientes del imperialismo estimaba
indispensable, en primer lugar, promover y conservar la unidad política y étnica
de nuestro pueblo, a fin de lograr la estabilidad interna para constituir la
unidad nacional en valladar infranqueable para la penetración desde el exterior.
También consideraba necesario el crecimiento de la población y, para hacer esto
posible, una política fiscal adecuada, dado que hasta el presente la existente
gravaba sensiblemente los productos de primera necesidad, con lo cual se
encarecía la vida de los trabajadores; y mientras sea más cara la vida del
obrero, estimaba absurdo pretender que para los inmigrantes resultase atractivo
el establecimiento definitivo en el país y aún aspirar al crecimiento espontáneo
de la población nativa.
A lo anterior agregaba que nuestra organización económica no era nada buena,
pese a las alucinaciones que pudiera producir una ráfaga de prosperidad fugaz.
No era buena, dado nuestro carácter de país monoproductor, obligado a importar
todos los insumos, de lo que resultaba un importante papel para los
comerciantes, lo cual no resultaba de su agrado porque no eran nativos, viendo
en ello un serio peligro para nosotros.
Por último, creía necesario lograr una cultura superior, no reducida a la mera
instrucción, para facilitar el dominio de las fuerzas naturales. Como para
contradecir a quienes han negado que su Reforma no estuvo inspirada en altos
valores éticos. No reducía la educación a la mera ilustración, que ya era
bastante, sino que entendía la cultura superior.
Hemos notado que todos los autores marxistas que se han referido a esta
conferencia han hecho notar sus limitaciones conceptuales, tomando como punto de
referencia a la teoría leninista del imperialismo. No han mostrado, sin embargo,
el mismo énfasis en aclarar que Varona fue, ante todo, un producto del siglo XIX
cubano y que en los albores del siglo XX siguió pensando y obrando en
correspondencia con la formación que había tenido en el siglo anterior. La única
excepción que hemos encontrado en este sentido está representada por Pedro P.
Rodríguez. En realidad, necesitó de tiempo, el necesario para ver agotadas las
posibilidades de realización de los ideales que había abrazado y, con ello, la
bancarrota de su propia ideología, para que en él fuese posible un cambio
fundamental de sus ideas Sólo entonces pudo de algún modo ponerse en consonancia
con las perspectivas que abría una nueva época en los destinos del país, pero
sin tiempo ya para adherirse plenamente a las nuevas ideas.
No es posible establecer un signo de igualdad entre el tiempo cronológicamente
considerado y el tiempo medido en términos históricos Si esta noción se nutre
del flujo real de los procesos sociales, de su duración y de los cambios que en
ellos se producen, no es posible identificar procesos sociales que ocurran en
lugares distintos y que han tenido un flujo diferente de los acontecimientos,
aún cuando su medición cronológica parezca indicar lo contrario. El tiempo
histórico se mide por épocas y las épocas históricas no son las mismas para
Europa y para Cuba a la altura de 1905. De esas diferencias de época dimanan
distintas demandas sociales a solventar en estos diferentes lugares y,
consecuentemente, también los objetivos que los hombres se plantean aquí o allá,
así como los medios de que disponen para llevarlos a vías de realización.
Lenin, enfilado hacia la realización de la revolución socialista, en
correspondencia con la época que vivía Europa, pudo contar con el marxismo como
instrumento metodológico para sus análisis, factores que le hicieron posible
definiciones más cabales. Varona no estuvo en ese mismo caso. Por eso, sus
limitaciones desde el punto de vista teórico, como suele suceder en muchos
casos, en gran medida estuvieron condicionadas por limitaciones de carácter
histórico. A esto se puede añadir que entre la obra fundamental de uno y otros
median unos once años; años decisivos para la definición del fenómeno
considerado en sí mismo y en desarrollo y, por ende, para su acertada
intelección. El mismo Lenin no pudo hacer en 1905 lo que sólo años más tarde le
fue posible realizar.
A la luz de lo anterior, no cabe establecer una justa comparación entre uno y
otro y menos aún algún tipo de contraposición. Fueron ambos antiimperialistas en
escenarios distintos y aunque fueran aproximadamente contemporáneos desde el
punto de vista cronológico, su obra responde a épocas distintas en diferentes
regiones. En nuestra consideración, en el caso de Varona, más que resaltar su
insuficiente distinción entre el imperialismo clásico y el moderno, se le debe
reconocer el mérito indiscutible implicado en su temprana voz de alerta a la
conciencia nacional sobre el peligro que se cernía sobre ella.
Resulta oportuno analizar por qué la teoría orgánica de la sociedad, a la cual
están adheridos determinados elementos negativos, fue la opción elegida por
Varona. Por ahora nos limitamos a exponer que, en nuestra consideración, desde
cierto ángulo y teniendo en cuenta las otras opciones existentes, fue la mejor
entre las elecciones posibles.
Lo más importante en esos cambios está dado por el énfasis que pone en la
importancia del factor económico dentro de la vida social. Carlos Rafael
Rodríguez se hizo cargo de la importancia del hecho y llegó a decir que en esta
conferencia “(...) como en todas sus indagaciones anteriores, el aspecto
económico del problema recibe la atención adecuada, porque Varona, superando una
vez más al positivismo, siempre atendió al sustrato económico de la historia”.
De ahí que, según este mismo autor, pudiera “... comprender las causas del
fracaso español en sus colonias y las del alzamiento cubano del 68 como ninguno
otro de sus contemporáneos”. (38)
En esa misma dirección Raúl Cepero Bonilla consideró que Varona es uno de los
fundadores de la historiografía científica en Cuba, puesto que asentó sus
explicaciones históricas sobre la base de un fundamento económico. (39) De
hecho, sin pretenderlo, se había situado en la antesala de la concepción
materialista de la historia. Así, al parecer, lo consideraba José A. Fernández
de Castro. Este, valorando en particular Los cubanos en Cuba, conferencia de
Varona que data de 1888, nos dice que “... no hay mejor síntesis histórica de mi
patria hasta la fecha, que la compendiada en este trabajo magistral. Por el
amplio y certero criterio que la informa, parece producida por un escritor de la
escuela histórico-materialista”. (40)
Si se considera que en alguna medida se percató del papel que desempeñan las
relaciones económicas en las ideas políticas, lo cual le sirvió de orientación
en su conducta, es posible admitir que llegó muy lejos, tanto como quizás
ninguno otro de sus contemporáneos. Para un análisis breve del asunto, vale la
pena detenerse, en particular, en su concepción acerca de la democracia
En 1900 expresó que Cuba aspiraba a la democracia, pero a distancia considerable
de ser un país democrático: “Baso esa opinión mía en factores de carácter
económico. Una sociedad vaciada en los moldes de una economía de plantaciones,
no se transforma de la noche a la mañana en una verdadera democracia. Los que
desean que Cuba emplee lo más de su capacidad productiva en el cultivo de la
caña y la elaboración del azúcar, conspiran a mantener aquí... ese tipo de
sociedad, que no se corresponde de ningún modo con su ideal político” (41) No es
de suponer que estos sectores tuviesen verdaderamente un ideal político
democrático ni que realmente Varona lo ignorara completamente. A los más
interesados en mantener el latifundio azucarero, y a los sectores que fundían
sus intereses con ellos, aun a sabiendas de que esto traía aparejado una alta
dosis de injusticia social, poco podría importarles que existiera en Cuba una
sociedad realmente democrática.
Más, queda claro que el prototipo de sociedad a que aspiraba, no era el entonces
existente en Cuba. Por el contrario, lo que expresa muestra que entendía
necesario eliminar lo que estimaba una deformación estructural de nuestra
economía, la que lastraba el conjunto de la vida social cubana.
Fue por eso que, a su entender, el gobierno que se constituyera en la Cuba del
futuro no debía encerrarse en los cómodos límites de laisser faire (del dejar
hacer), como es típico del liberalismo sin fronteras.
En primer lugar, el Estado debía procurar una más adecuada política financiera
para que el pueblo, pero todo el pueblo –recalcó- pudiera vivir material y
moralmente mejor. Su fin, aún entonces, era “... armonizar los intereses de
clases, aparentemente encontrados” (42) para hacer de Cuba una morada decorosa y
digna para todos sus hijos. El pasado inmediato, en el que fue indispensable la
unidad de todos los cubanos, para confluir en un ideal patriótico común, le
hacía soñar –sueño compartido con Martí- con una República con todos y para el
bien de todos. Desde hacía tiempo había forjado ese ideal y ahora creía llegado
el momento de verlo realizado en todo cuanto fuera posible en las prácticas de
la vida.
Creemos que Varona fue liberal, como no podía dejar de serlo un patriota cubano
del siglo XIX, enfrentado al dominio colonial, representado por un Capitán
General dotado de poderes omnímodos. Admitimos que nunca dejó de serlo; pero no
fue nunca un liberal a secas, que dejara libre curso a los mecanismos
espontáneos del mercado, prescindiendo por completo de la intervención del
Estado. En realidad, esto no han podido hacerlo quienes en alguna medida se han
preocupado por el destino de los desheredados y por lograr una mayor equidad y
justicia en cualquier país.
El suyo fue un liberalismo limitado por su misma concepción de la democracia, a
la que no le era ajena la idea de justicia social. De sus propias expresiones se
deduce que no sólo no era Cuba un país democrático, sino que tampoco lo sería
mientras no fuera eliminada la deformación estructural de nuestra economía y no
existiera una mayor equidad en la distribución de la propiedad y la riqueza
entre todos los sectores integrantes de la nación.
Para Varona la democracia no era simplemente un determinado régimen político,
susceptible de ser implantado en cualquier país con independencia de la
situación socio-económica y el nivel de cultura reinante en él.
En el caso de Cuba, lastrada por una economía de plantaciones, heredada del
dominio colonial, una sociedad democrática sólo podía ser una aspiración, una
meta a alcanzar, en la medida en que se realizaran determinadas transformaciones
que hicieran posible un mínimo de bienestar y dignidad para todos los cubanos.
No era una realidad, ni lo sería mientras no constituyera un estado real en
nuestra vida social, en el que en el concepto de democracia involucrara el
factor socio-económico y el desarrollo cultural de nuestro pueblo. Sólo así
podría alcanzar su verdadera significación literal este concepto.
Pero no se limitó a incluir la dimensión económica dentro del concepto de
democracia, sino que llegó tan lejos como a establecer una determinada relación
entre nuestra situación económica y la inestabilidad política, característica de
la vida republicana. Había entendido que nuestro país debía comenzar por una
fuerte centralización. Pero constató que esta había comenzado por el caciquismo;
ese que consideraba a Cuba como una propiedad o una cosa, cuyos intereses
generales como nación para nada interesaba.
Fue por eso que atribuyó la Guerrita de Agosto de 1906, que dio lugar a la
segunda intervención estadounidense, a la pugna existente entre los pequeños y
grandes caciques de las provincias y entre los grandes patrones de la capital y
grandes ciudades del país. (43).
Observaba entonces que el caciquismo “... descansa aquí y dondequiera que existe
en una población pobre e ignorante, que busca protección en individuos más
favorecidos, unas veces por simpatías y otras por miedo” (44) De tal modo, su
ideal de sociedad, iba quedando sin realización. Por su parte, había creído
“(...) necesario mejorar las condiciones de vida del pueblo, sumido en la
pobreza casi absoluta y en la ignorancia completa, para convertirlo cada vez más
en el principal instrumento de nuestra regeneración; pero en vez de abaratarle
la vida, se la han encarecido; y en vez de hacer de él, por medio de la cultura
y el bienestar, el sostén del orden y las instituciones, se le ha utilizado para
su propia desmoralización...” (45) De paso, sería oportuno tomar nota de a
quiénes Varona denominaba pueblo, al que atribuía un papel determinante en la
historia y por qué, en cierta ocasión, llegó a impugnar a la burguesía el
intento de erigirse en representante único de toda la nación. (46)
A propósito de que más arriba hemos hecho mención de la llamada Guerrita de
Agosto, la cual trajo aparejada la segunda intervención norteña, apuntemos que
según Varona, la misma había puesto de manifiesto dónde radicaba El Talón de
Aquiles de la sociedad cubana. Así tituló uno de sus artículos de Mirando en
torno. El hecho de que la intervención se había producido en favor de los
sublevados contra un gobierno legalmente reconocido por el gobierno interventor,
ponía a la vista de todos dónde radicaba ese Talón, puesto que su móvil
fundamental fue salvar la riqueza amenazada. Eran precisamente los sublevados,
esparcidos por nuestros campos quienes en verdad ponían en peligro las
propiedades extranjeras. Por eso, estimó demasiado oportunistas los
procedimientos utilizados por nuestros supuestos bienhechores quienes, además,
legitimaban así el derecho a la rebelión, que decían condenar, creando un
nefasto precedente para la estabilidad política futura de la nación.
Teniendo a la vista todo esto, afirmó: “Cuba no es ya una colonia, pero sigue
siendo una tierra de explotación. Fue hasta ayer una factoría gobernada y
explotada por España; es hoy una factoría gobernada por cubanos y explotada por
extranjeros”. (47) Por eso, refiriéndose a los interventores, afirmó: “(...) han
venido a salvar la riqueza amenazada”. (48)
La desposeción de la tierra, fue un tema recurrente para él. Años después, fue
partidario de instituir una ley que prohibiera la venta de la tierra a los
extranjeros. Sentía el temor, según expresó, que a fuerza de írsenos de las
manos, terminara por írsenos de los pies.
Había llegado a la convicción de que el problema cubano a partir de la primera
intervención, no era exclusiva ni fundamentalmente político. Habiendo aquilatado
la importancia del factor económico en la vida social de un país, estimó que la
plena independencia política de la nación sólo podía estar fundada en su
independencia económica. De ahí su afirmación de que el problema cubano desde
1899 era muy secundariamente político. Tomando como cierta una versión deformada
del marxismo, lo sometió a crítica en estos términos: “La teoría marxista, que
hace depender toda la evolución social del factor económico, no es sino la
exageración de un hecho cierto. Las necesidades económicas y las actividades que
estas ponen en juego, no constituyen el único motor que presenta una sociedad
humana; pero sí están en la base de los más aparentes y decisivos”. (49)
En verdad, el marxismo nunca ha sostenido algo distinto de lo que afirmó Varona.
De cualquier modo, la importancia que atribuyó a los factores económicos le
sirvió para apreciar que la inestabilidad política del país se explicaba por su
estructura económica; por los cambios que en ella habían ocurrido y por la
repercusión que estos habían tenido en nuestra vida colectiva.
En una ojeada panorámica a nuestra historia a partir de 1868, hizo notar que
entonces los cubanos tenían la tierra y la riqueza agrícola; que como
consecuencia de la guerra, habían perdido el poder económico, sin lograr la
posesión del poder político. Al término de la guerra iniciada en 1895, habían
alcanzado la independencia de España; pero sin recuperar el poder económico. Y
en el breve período de vida republicana, por la imprevisión y la ausencia de una
política adecuada a nuestros intereses, la situación lejos de mejorar,
continuaba empeorándose.
Por su parte, propugnaba un cambio en la distribución de la propiedad a favor de
los nacionales, preferentemente, de los pequeños productores, en favor de
quienes pensaba obraba.
No obstante, perseveraba en que la paz era indispensable para el bien de Cuba.
En ese mismo año de 1906 advirtió: “Todo lo que haga mermar nuestro concepto de
hombres laboriosos, previsores y capaces de regirnos con cordura, nos impulsa
por una pendiente irresistible a la absorción en el seno de la gigantesca,
Federación Americana”. Terminaba enfatizando: “A la absorción y a la
desaparición”. (50)
No era sino un alerta vibrante, en defensa de nuestra identidad como nación, o
con el fin evidente de evitar nuevas intervenciones, en el que estaba implicada
una conceptualización del imperialismo en su modalidad clásica, para el que la
anexión directa era su tendencia natural. Tenía presente que la división de las
fuerzas nacionales por las luchas entre caciques y su lógica consecuencia, la
inestabilidad política, sería como pretexto para nuevas intervenciones, cada vez
más peligrosa, sin ofrecer alguna perspectiva alentadora para nuestro pueblo.
Ya en 1911 se perfila cuál habría de ser la postura de Varona en lo adelante.
Insistía entonces en que “(...) las tierras verdaderamente productivas, las que
menos han sufrido de nuestra manera imprevisora de cultivarlas, están en manos
extranjeras” (51) Más tarde observaba cómo en las rechinantes mazas de los
trapiches de acero de los centrales se estaba triturando la personalidad cubana.
Pero, confiando en que nuestro pueblo no se resignaría pasivamente a tener amo
en su propia tierra, pronosticó: “Después de medio siglo de luchas tenaces, un
nuevo período de pugna se aproxima, no menor en intensidad que aquella con que
se conquistó la independencia” (52) Anclado en una realidad que la hacía
necesaria, vislumbraba en el futuro una lucha resuelta por nuestra segunda
independencia.
En 1907 decidió jugar un papel protagónico en la vida política activa, fundando
el Partido Conservador, del cual fue elegido Presidente. Dotó aquel partido con
una plataforma programática concebida con las mismas ideas que hasta entonces
había expresado. En 1912 fue elegido Vice-presidente, acompañando a Mario García
Menocal como Presidente. Más, al primer año de gobierno, observando en su
partido los mismos vicios que había combatido en la Colonia, renunció a la
presidencia del partido.
No renunció a su cargo, porque no quería ser él mismo causa de inestabilidad
pública. Pero según confesó, en más de una ocasión se había dirigido al
Presidente, exponiéndole su inconformidad con la gestión del gobierno que
presidía. Esto sólo le valió para ser inhabilitado para presidir el Congreso,
como por su cargo le correspondía. En consecuencia, se apartó, no ya de su
partido y su gobierno, sino de toda la política al uso en nuestro país.
No quiere esto decir que hiciera dejación de su sensibilidad patriótica en lo
adelante. En 1915, todavía formalmente en su cargo de Vice-presidente, pronunció
un discurso en la Academia Nacional de Artes y Letras, en el cual dijo que las
generaciones precedentes podrían mirarnos con asombro y lástima y preguntarse
estupefactas si esa era la obra por la que habían ofrendado su sangre y su vida.
“El monstruo de la fábula, que parecía haber domeñado, resucita. La sierpe de la
fábula vuelve a reunir los fragmentos monstruosos que los tajos del héroe habían
separado. Cuba republicana parece hermana gemela de Cuba colonial”. (53).
En esa misma ocasión, mirando hacia delante, añadió: “Cualesquiera que sean
nuestras opiniones acerca de la solución mejor para las reivindicaciones
socialistas, hay que buscarla, desechando todo rezago de las organizaciones
pasadas, mejorando los ensayos plausibles que se han aplicado, legislando, sobre
todo, como quien trabaja para mejorar la necesaria labor de mañana, y no para
sostener la ya hoy inútil labor de lo que dejamos a la espalda”. (54)
En verdad, ya desde 1879 había fijado su atención en el movimiento socialista
europeo, previendo la posibilidad de una revolución obrera en algunos países,
entre los cuales incluía a Rusia. Presentía que en algún momento este sería un
problema de actualidad para Cuba. Más adelante, ya en 1930, llegó a reconocer
que el socialismo, articulado a las condiciones específicas de cada pueblo
“(...) sustituirá al sistema capitalista en un futuro inmediato”. De ahí su
convicción de que: “Vamos, sin querer o queriéndolo, hacia el socialismo” (55).
Ya para entonces creía ver el inicio de la pugna que había previsto en 1911.
Estimaba que el pueblo cubano había despertado después de un prolongado letargo,
pues se había tanteado el cuerpo gigantesco y se había dado cuenta de su
verdadera fuerza; percibió que el mundo occidental estaba en período de
gestación, pronosticando que la dictadura pasará, que el fascismo pasará, que el
imperialismo americano había llegado a la cúspide; pero que en las cúspides no
es dable permanecer. Al finalizar su carta a Mañach (en la que había accedido a
dejar por escrito lo que antes había conversado verbalmente con este), dijo: “A
mi vez, les hago coro, Dr. Mañach, y digo a los nuestros: el mundo se
transforma; hagámonos dignos de los tiempos que alborean”. (56)
No significa esto que haya abrazado plenamente el ideal socialista. Pero de
cualquier manera empalmó el ideal patriótico decimonónico con el correspondiente
a una nueva época histórica que ya vivía el país y lejos de oponerse a las
nuevas fuerzas, alentó a la juventud hacia la conquista del futuro. Por eso pudo
ser reconocido como el Maestro de la juventud revolucionaria de los años 30, no
sólo cubana, sino también latinoamericana, como fue reconocido en un Congreso de
la juventud iberoamericana celebrado en México en 1931. (57)
La apreciación de Carlos Rafael Rodríguez, según la cual fue Varona un puente
entre nuestro pasado y nuestro presente, tiene para nosotros un significado muy
profundo y nos ha servido, a la vez, para develar su real significación
histórica.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFÍCAS
(1). Ibarra, Jorge. “La guerra del 95. ¿La guerra de la voluntad y el ideal o de
la necesidad y la pobreza?”. Programa de Estudios Martianos. Centro de
investigación Juan Marinello. La Habana, 2003, p. 35.
(2). Ibidem, p 44.
(3). Ibidem, p. 47.
(4). Varona, Enrique J. Con el eslabón. Editorial El Arte. Manzanillo 1927, p.
61
(5)._______________.Varona. Prólogo de José A. Fernández de Castro. Secretaría
de Educación Publica, México, 1943, p.35.
(6)._______________. “Cuba contra España”. De la Colonia a la República. Edit.
Cuba Contemporánea. La Habana, 1919, p 43.
(7). Ibidem, p.50
(8). Ibidem, p53.
(9). _______________. “Cuba después de un año de guerra”. De la Colonia a la
República. Edic. Citada, p. 77
(10). Ibidem, p 81.
(11). Ibidem, p.73.
(12). _______________. “Selfhelp”. Patria, 10 de junio de 1896.
(13). ______________. “La política cubana del gobierno de EE.UU.” De la Colonia
a la República. Edic. , p 139.
(14). Ibidem, pp. 140-141.
(15). Idem.
(16). Ibidem, p 145.
(17). Ibidem, p 156.
18 _______________. “En estudio”. De la Colonia a la República. Edic. p. 226.
(19). Roa, Raúl. “Homenaje a Enrique José Varona”. Letras. Cultura en Cuba, 6.
Editorial Pueblo y Educación. La Habana, 1989, p 140.
(20). _________. “Adiós al Maestro”. Universidad Central de Las Villas. 1964,
p.75.
(21). Varona, Enrique J. “Carta al Sr. Luis Montané”. A.N.C. Fondo de donativos
y Revisiones, caja 452. N. 8
(22). __________. “En estudio”. De la Colonia a la República. Edic. , p. 227.
(23). Rodríguez, Pedro P. La ideología económica de Enrique J. Varona. Revista
Santiago # 58, junio de 1985, p. 142.
(24). Ídem.
(25). Varona, Enrique J. “El imperialismo a la luz de la Sociología” En Varona.
Prólogo de José A. Fernández de Castro. Edic. , p. 104.
(26). Idem.
(27).Ibidem, p 111.
(28). Idem.
(29). Ibidem, p 115.
(30). Ibidem. Pp113-114.
(31). Ibidem. P116.
(32). Ibidem, p 117.
(33). Ibidem, pp. 118-119.
(34). Ibidem, p 118.
(35). Ibidem, p. 119.
(36).Ibidem. p. 120
(37) Ibidem. 122.
(38). Rodríguez, Carlos R. “Varona y la trayectoria del pensamiento cubano”.
Letra con filo. T. III. Edic. Unión. La Habana, 1987, p.131.
(39). Cepero Bonilla, R. “Varona y la interpretación económica de la historia”.
Escritos económicos. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1986, pp.111-119.
(40). Fernández de Castro. José A. Varona. Edic. , p. XXVIII.
(41) Varona, Enrique J. “Habla el Sr. Varona”. Periódico La Lucha,15 de enero de
1900.
(42). _____________. “La tregua política”. De la Colonia a la República. Edic.
p. 232.
(43). Ibidem, p 231.
(44). Ídem.
(45). ________________. “El imperialismo yanqui en Cuba”. El Repertorio
Americano n. 23., 30 de enero de 1922.
(46). Meza, Josefina. Rodríguez. P. Pablo. “Enrique J. Varona: Política y
Sociedad. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1999, p. 267.
(47). __________________. “El Talón de Aquiles”. De la Colonia a la República.
Edic. cit. p. 224.
(48). Ídem.
(49). __________________. “¿Abriremos los ojos?”. De la Colonia a la República.
Edic. p. 228.
(50). __________________. “El Protectorado”. De la Colonia a la República. Edi.
Cit. p. 235.
(51). __________________. “Discurso sobre el capital extranjero”. De la Colonia
a la República. Edi. Cit. p. 264.
(52) Ídem.
(53). __________________. “Recepción en la Academia Nacional de Artes y Letras”.
Enero de 1915. En Documentos para la historia de Cuba. T III. Editorial Ciencias
Sociales. La Habana, 1973. p. 383.
(54). Ibidem p. 384.
(55). _______________ “Entrevista con el Director de El País”. Agosto de 1930.
Documentos para la Historia de Cuba. T. III. Edic. p. 445.
(56). _______________.“Palabras de Varona”. Ibidem. pp. 439-44057.
(57). Elías Entralgo, poniendo como ejemplo a figuras latinoamericanas
representativas, tales como César Zumeta, Carlos Baire, José Enrique Rodó,
Antonio Gómez Restrepo, Rafael Pombo, Ventura García Calderón, Baldomero Sanín
Cano, Alfonso Reyes, Alejandro Andrade de Coello, José María Chacón y Calvo,
Gabriela Mistral y Justino Blanco Fombona, quienes personalmente habían
manifestado su estimación por Varona (podría haber citado a muchos más que han
escrito admirando la profundidad de su obra), nos dice que: “El primer Congreso
Iberoamericano de estudiantes, celebrado en Ciudad México en enero de 1931, se
la consagraba al proclamarlo Maestro de la juventud iberoamericana,
conjuntamente con Ramón Vasconcelos, Miguel de Unamuno, Alfredo Palacios y José
Martí”. Algunas facetas de Varona. Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, 1965,
p. 209).
AUTOR
Dr. Edel Luis Tussel Oropesa.
Profesor Auxiliar: Manuel García Vásquez.
República de Cuba
Universidad Máximo Gómez Báez
Facultad de Ciencias Sociales y Humanísticas
Abril 2008
Enviado por Prof. Manuel García Vásquez y Dr. Edel Luis Tussel Oropesa
Contactar mailto:manuel@humanidades.unica.cu
Código ISPN de la Publicación: EkplAAVplVNTPgphUn
Publicado Wednesday 23 de April de 2008
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