Entre
nosotros, particularmente en el noroeste cordobés y en regiones de Santiago del
Estero, Chaco, Formosa, múltiples y diversos minifundios. parecen como
olvidados, ignorados y desprotegidos.
Potrero
menor y pintoresco de algún choclo, tuna o majadita de cabritos, algunas
gallinas, dispersas, precariedad,
mimetizada con un paisaje agreste, escasamente atractivo.
El
dilema es clarísimo: el pequeño campesino o se mecaniza y moderniza, o no.
O
cambia sus prácticas antiguas, sistemas y estructuras o sigue como hasta ahora.
O
sigue con los bueyes y mulas, o compra tractores y maquinaria moderna.
Así
pues, haga lo que haga individualmente, estos esforzados y sufridos trabajadores
rurales, en realidad, solo alcanzan satisfacer relativamente su consumo familiar
y los requerimientos de sus pocos animales los que, generalmente, consumen sus
magros ingresos.
Pero
también es cierto que para mecanizarse, precisará –aisladamente- mas dinero
del que vale su hacienda o micro explotación agraria.
Es
que en nuestra época, se hace más y más difícil, producir y sobrevivir
replegados sobre uno mismo.
Estos
son argumentos sencillos y rotundos que no admiten replica. Y el minifundista lo
sabe; intuye todo esto aún en medio de toda su desconfianza, de toda su
ignorancia y marginación.
No
obstante, las tendencias demográficas y ciertas circunstancias ambientales de
hoy, no solamente económicas, le favorecen para salir de su posición
vulnerable.
Porque
en nuestro tiempo ha disminuido la densidad de población rural y ha aumentado
la vida de relación en los pueblos intensificándose notoriamente los contactos
y la comunicación entre el hombre de campo y el de la ciudad.
Esto
mismo aparejó consecuencias decisivas en la transformación de la mentalidad
campesina con respecto a la realización de sus labores, en términos de
calidad, valor agregado, cantidad y eficiencia.
Por
todo esto, podemos afirmar que la agricultura y ganadería menor, hoy por hoy,
por imperativos económicos, tecnológicos y sociales, tiene o esta llamada a
tener, al menos, características absolutamente distintas de aquellas más
tradicionales.
Así
pues, que el sector rural minifundista se empresalice y que los minifundistas se
agrupen, es ya una necesidad en términos de escala, de adecuada economía y
racionalidad.
Es
que varios poquitos pueden lograr un mucho!
En
efecto, ya no es rentable ni siquiera autosuficiente la miniproducción
dispersa, a pequeña escala, en muchas ocasiones, sólo a
base de brazos, herramientas rudimentarias cuasi obsoletas
y de ganado de labor.
Solo
puede ser rentable, con los datos de la realidad, una producción conjunta sobre
superficies mayores, de ser posible concentradas, mecanizadas pero con
maquinaria a pleno rendimiento, masiva, lo que posibilitaría también, mejores
condiciones de comercialización.
El
Municipio más próximo no puede estar ausente en este desafío y ha de procurar
generar condiciones propicias para una ínter cooperación minifundista,
suministrando per se o con otros municipios mediante Entes
intermunicipales o Comunidades Regionales, facilitando infraestructura (caminos,
transporte, comunicaciones, irrigación, plantas de acopio y de almacenamiento,
frigoríficos, etc.).
El
INTA y el Banco de la Nación Argentina están gravemente comprometidos por esta
sensible realidad de minifundios postergados y empobrecidos, mucho más, a la
luz de experiencias enriquecedoras que los tiene como protagonistas.
Las
Universidades con sus facultades de agronomía, ciencias económicas deberán
sumar su aporte indispensable con estudios de campo y pasantías especificas,
diseñando proyectos específicos con claros objetivos y metodologías
para asegurar la viabilidad legal, de gestión,
técnica, económica, financiera y medioambiental.
La
Nación y las provincias por su parte, articularán
sus acciones y políticas agropecuarias en un mismo contexto geoeconómico y
social, promoviendo su crecimiento y la reducción de las desigualdades
regionales con programas crediticios y fiscales apropiados; la participación
efectiva de los minifundistas, relacionando
a estos productores y trabajadores rurales con los sectores de almacenamiento,
comercialización y del transporte.
La
experiencia brasilera...
El
articulo 191 de la Constitución de la Republica Federativa del Brasil establece
que “Aquel que no siendo propietario de inmueble rural, posea como suya
por cinco años ininterrumpidos, sin oposición, área de tierra en zona
rural, no superior a cincuenta hectáreas, tornándola productiva por su trabajo
y el de su familia y teniendo en ella su morada, adquirirá su propiedad.
La
política agrícola del Brasil prevé instrumentos crediticios y fiscales,
precios compatibles con los costos de producción y la garantía de
comercialización. Asimismo incentiva la investigación y la tecnológica, la
asistencia técnica y la extensión rural, el seguro agrícola, el
cooperativismo, la electrificación
rural y la irrigación, la habitación para el trabajador rural (Art. 187 de la
Constitución citada).
A
modo conclusivo, teniendo en cuenta estos aspectos y de caras al MERCOSUR, se
debe impulsar y consolidar decididamente, un asociativismo funcional a una
agricultura y ganaderías –mayor y menor-
para lograr un desenvolvimiento
minifundista duradero.
Finalmente,
un modo de defender la propia soberanía, de misericordia social, de recuperar
la dignidad y el bienestar de los naturales del lugar, posibilitándoles su
disfrute de las riquezas y recursos propios
de esos lares, es decir, desarrollo humano rural,
equidad y estricta justicia.-
p.
Roberto Bertossi[1]